De haters, niños rata, gamers y blablabla

La industria del videojuego engendra con avidez una singular jerigonza que, si no lo ha hecho ya, habrá de motivar en un futuro diversas tesis filológicas. Hace años, cuando los salones recreativos congregaban a la parroquia, enriquecían el inventario patrio inestimables aportaciones, hallazgos que brotaban de una espontánea inventiva e inspiración sobrevenida. Sirva de ejemplo el aún hoy resultón yo contra el barrio, mucho más sugestivo y revelador -cualquiera intuía que la cosa iba de repartir mamporros- que el técnico beat´em up, desplazado a su vez por hack and slash.

Ahora, en la era de la globalización, internet, los foros y Youtube los anglicismos gobiernan el argot de numerosos usuarios. Así pues, el aficionado cerril y recalcitrante es el fanboy; mientras que al detractor -término que deben encontrar grave y poco lustroso- criticón lo motejan con el epíteto hater. Aun con significados opuestos son caras de la misma moneda. El fanboy, en su adhesión sectaria, será incapaz de tributar alguna simpatía a una empresa de la competencia, por palmarios que resulten sus aciertos. En cambio, efectuará prodigiosas piruetas para disfrazar los desatinos de su compañía fetiche, sea esta first party, second party o third party. Ya saben.

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Para nuestro alborozo, entre el maremágnum de voces inglesas ha hecho fortuna la certera expresión niño rata, que alude a un tipo de jugador asiduo al online, de corta edad, adulador de youtubers, vituperador de sufridos usuarios y particularmente repelente y plúmbeo. Los mentados niños rata con frecuencia prorrumpen en llantinas y emiten grititos chirriantes, como los denostados roedores. Aunque en este caso lo laudable es la aplicación del vocablo a estos insidiosos cabroncetes, dado que nadie data su origen con exactitud y es probable que en sus albores no guardara relación directa con el mundo del videojuego.

El análisis concienzudo de todos estos avatares lingüísticos sería farragoso y mareante, especialmente para legos en la materia, y, para qué engañarnos, el presente texto carece de vocación instructiva. De todas maneras, es preciso mencionar el cada vez más en boga gamer, que incluso ha suscitado sonrojantes himnos. La palabrita de marras, como ocurre con tantas otras etiquetas que designan una afición, termina invariablemente desvirtuada, hasta antojarse poco o nada esclarecedora. Lo mismo se la adjudican novicios oportunistas, quizás con devoción más aparente que sincera -rara vez invocan un interés documental-, que puristas que acreditan años de experiencia y se erigen en élite, como si darle a los videojuegos constituyera algún mérito. Como me decía mi amigo José Andrés, quienes nos contentamos con jugar alguna que otra partida sin demasiadas zarandajas poco a poco nos convertimos en marginados de la industria.

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