Final Fantasy III (DS)

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Mucho se le ha reprochado a Square Enix la tendencia a explotar sin miramientos su saga más célebre, pero en el caso de Final Fantasy III la revisión estaba más que justificada. Al contrario de lo que ocurrió con entregas pretéritas y ulteriores, el título que nos ocupa no conoció ningún remake hasta el lanzamiento en 2006 de este cartucho para Nintendo DS, desarrollado para la ocasión por Matrix Software. Así el tercer exponente de la franquicia se liberaba del ostracismo nipón tras largos dieciséis años desde el original de NES, lo que suponía el primer encuentro -al menos dentro de los cauces oficiales- para los aficionados occidentales con uno de los episodios más recónditos de la fantasía de Hironobu Sakaguchi.

Por ello, si atendemos a la mentada exclusividad, no es de extrañar que, más allá del pertinente remozado gráfico, se conserven prácticamente intactos los valores de la entrega primigenia, aunque esta vez la revisión goza de una excelente localización al español. Al margen de anecdóticas modificaciones argumentales -verbigracia, los protagonistas han sido bautizados con un nombre- donde únicamente sorprende la sustitución del emblemático trabajo de caballero cebolla por el de aprendiz, de modo que acceder al primero solo será posible mediante las funciones de conectividad de la portátil, y para más inri será preciso enviar un mensaje a un conocido que disponga del cartucho, un privilegio que no está al alcance de todos los jugadores. Por desgracia, lo mismo sucede con el consabido jefe opcional, haciendo del apartado online una carga que se siente más como una concesión forzada a los tiempos que corren que como un agradecido añadido.

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El resto de novedades pasa por el obligatorio lavado de cara técnico, principalmente un apartado gráfico en el que brillan especialmente la secuencia CG que antecede a la pantalla de menú y el colorido y aspecto super deformed que exhiben los protagonistas -más cercanos estéticamente a la subsaga Tactics-, amén de los diversos atuendos que les proporciona el sistema de trabajos. En segundo lugar, el enésimo buen trabajo de Nobuo Uematsu, una banda sonora adaptada a las posibilidades de la portátil en la que predominan las composiciones de tono épico y cuenta en su haber con melodías de la talla de Eternal Wind -el tema del mapa- o la melancólica Elia, the Maiden of Water.

A partir de ahí, si alguien quiere ver en Final Fantasy III algo más que un JRPG decididamente clásico, probablemente se equivocará de cartucho. Es otro hijo de la época de esquemas maniqueos y adolescentes predestinados a salvar al mundo de la oscuridad. En lo que respecta al apartado jugable, aguardan al jugador encuentros aleatorios hasta la desesperación y una dificultad muy por encima de los estándares actuales en el género. Ni siquiera se ha incluido un tutorial para explicar al neófito el sistema de trabajos con el que en su día esta tercera entrega buscó distanciarse de sus predecesores, por lo que esta rara avis -que, dicho sea de paso, tiene el honor de inaugurar dos auténticas instituciones posteriormente irrenunciables en la franquicia como son los moguri y las invocaciones- tampoco resulta ser el capítulo idóneo para iniciarse en la saga o en el género.

Por fortuna, las principales razones que pueden repeler a un primerizo son las mismas por las que un veterano lo recibirá con los brazos abiertos: un reto de altura donde se impone la necesidad de disputar infinitos combates, sin demasiados artificios jugables ni argumentales. Además de su innegable valor documental, como un resto arqueológico de una saga consagrada tras unas pocas entregas posteriores.

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